Antes de aceptar lo que me estaba pasando, tuve que atravesar emociones muy difíciles: injusticia, rabia, tristeza y miedo.
Cuando la vida nos pone frente a un desafío grande, muchas veces la primera reacción es preguntarnos: “¿por qué a mí?”. Y sí, yo también fui parte de esa mayoría.
Lo primero que sentí fue injusticia. Muchísima. Mientras más pensaba en lo que estaba pasando, más rabia me daba no encontrar una respuesta. Sobre todo porque yo no sentía que encajara en el “perfil” que muchas veces se asocia con este diagnóstico. Siempre había llevado una vida saludable, me cuidaba, hacía ejercicio, procuraba alimentarme bien. En mi cabeza, todo ese esfuerzo de años me mantenía lejos de algo así.
Por eso la noticia me golpeó tan fuerte.
Después vino una etapa de mucha tristeza. Me sentía desolada y enojada conmigo misma. Pensaba: “¿para qué tanto cuidado, si al final no estoy disfrutando el embarazo y además me siento enferma?” Hoy puedo decirlo con más claridad, pero en ese momento era una mezcla intensa de hormonas, miedo, agotamiento e incomprensión.
Me sentía sola dentro de todo lo que estaba viviendo.
Pero incluso en medio de esa tristeza había algo que no podía ignorar: tenía que actuar. Mi bebé dependía de eso. Yo dependía de eso.
Así empezó una etapa completamente distinta: la aceptación. No una aceptación bonita ni serena al principio, sino una aceptación dura, exigente, llena de disciplina. Tenía que bajar niveles de glucosa altos y seguir un régimen muy estricto. El equipo médico que me acompañaba me pedía controles cada 48 horas, con 5 resultados al día. Me sentía agobiada. Había momentos en los que sentía que no podía más. Entre los malestares del embarazo, el desgaste emocional y la presión de hacerlo todo bien, estaba viviendo una verdadera lucha interna.
Con el tiempo entendí que lo que más tenía era miedo. Mucho miedo. Miedo a que algo le pasara a mi bebé. Miedo a no poder controlar la situación. Miedo a que mi cuerpo me fallara.
Y sin embargo, incluso con miedo, seguí adelante.
Aceptar no fue rendirme. Aceptar fue empezar a hacerme cargo. Fue dejar de pelearme con la realidad para comenzar a protegerme a mí y a mi hijo de la mejor manera posible.
A veces la aceptación no llega en calma. A veces llega entre lágrimas, cansancio y miedo. Y aun así, también es una forma de valentía. 🌸

